Éxtasis de verdor en un paraíso de Chamorga, en Anaga

Éxtasis de verdor en un paraíso de Chamorga, en Anaga

(Escrito durante el pasado confinamiento de 2020)

EMBRIAGADORAS SENSACIONES DE CONFORT Y JÚBILO BROTAN DESDE LO PROFUNDO DE MI ALMA, CUAL SIMIENTES IRRIGADOS, EN PARAÍSOS COMO LOS QUE ALBERGA EL PUEBLO DE CHAMORGA, EN ANAGA…

En la extrañeza ineludible de estos momentos, mi mente y mi corazón pueden describirse como dos tenaces contendientes… Día a día, en el acaecer de los súbitos, sorpresivos y conmovedores acontecimientos que los humanos, a modo de violenta imposición, hemos estado “inhalando” últimamente; en el devenir más reciente de nuestra mundana existencia, la disputa de estas dos “entidades” de mi condición inherente (de la de cualquier persona, en realidad), me instiga a un estado de zozobra, con el que me zambullo en la consciencia imperante de que un “sello” quedará impreso en nuestro espíritu y razón de ser. Un sello, pues, que tatuará “en nuestras entrañas” el recuerdo, tiznado de profusas, ansiosas y oscuras emociones, de un tiempo despóticamente sarcástico, siniestro.

Esta riña “perenne”, inquebrantable entre la mente y el corazón, es acometida por una batalla que enfrenta a la sensatez de la primera, esa que apela en estos tiempos a la responsabilidad civil, a la coherencia, a lo humanamente correcto, a la locuaz empatía por una sociedad hostigada y a lo legalmente plausible, con la antagónica posición de un vergel de emociones que contradicen a esta razón. Por su parte, este intenso “oasis” de sentimientos que emanan del corazón, son evocados, pues, por una fuerza desvinculada de la coherencia, más inconsciente e insensata (si se quiere), pero que está repleta de una imploración desesperada, como si se tratara casi de una súplica de llanto desgarrador, que impulsa a mi espíritu a la imperiosa necesidad de buscar, de una vez por todas, la calma, la quietud que el alma requiere; esa de la que sólo la naturaleza es capaz de surtirme…

Como es buen menester de ciudadana responsable, he apelado a la razón, lógicamente… Mas no dejo de recordar, con cierta nostalgia, tal y como si en este intenso devenir hubieran ya transcurrido unos 10 años (y sólo ha’ mes y medio), esas sensaciones embriagadoras de confort, de revitalizante júbilo que, tras enfundarme en mis amortizadísimas botas, me insuflaba realizar una buena caminata (respetuosa, eso sí), por alguno de los maravillosos entornos naturales propios del ambiente subtropicalizado de la isla; ése que siempre está dispuesto a deleitar nuestros sentidos.

Rememoro, como ejemplo fehaciente del “surgir” espontáneo de todas esas sensaciones, momentos entrañables que, en infinidad de ocasiones, me han acompañado en senderos del precioso pueblo de “Chamorga”, en el que, sin duda, el ambiente eminentemente rural es uno de los motivos imperantes por los que al paisaje se le ha reconocido, incluso dentro de su mismo núcleo poblacional, un encanto especial. Situado en las cumbres del Parque Rural de Anaga (al Nordeste de Tenerife), acoge, “exultante”, el comienzo de uno de los senderos que, aunque no demasiado largo ni intrincado, tiene en su completa extensión una belleza que jamás ha cesado de ser digna de mi admiración absoluta. Esto es debido a que, estando inmersa en su extasiante esplendor de tonalidades verdes intensas (las cuales ofrecen envoltorio confortable y menguan totalmente la significancia que allí cobra mi silueta), me percato de que avanzo por un trayecto que “abraza” los encantos ineludibles de un espacio impoluto: el propio, pues, de aquel que ha recibido una escasa manipulación humana, contextualizada en la riqueza presente de una vegetación y fauna potencialmente bien desarrolladas. Se trata de una ruta que culmina en el mirador llamado “Cabezo del Tejo” y que, a lo largo de su recorrido, obsequia con un paisaje tranquilo (con un silencio únicamente quebrantado por el crepitar de las ramas de los portentos arbóreos o por el amenizador y gutural clamor de los pájaros que allí residen); un paisaje de conservado y frondoso bosque de laurisilva, que se expone como una excelente muestra representativa de la hermosa biodiversidad de estos montes, por los cuales, entre otras particulares bellezas, Canarias es claramente afamada.

Entre la abundante masa vegetal, este entorno ostenta la exclusividad de albergar especies autóctonas de las islas macaronésicas, como son el barbusano (Apollonias barbujana), el viñátigo (Persea indica), el til (Ocotea foetens), la faya (Miryca faya) o el acebiño (Ilex canariensis), a las que se unen “impresiones” más singulares con la existencia de endemismos como son el sauce canario (Salix canariensis) o el naranjo salvaje (Ilex perado), este último sólo presente en la isla canaria de Tenerife. A tales portentos arbóreos también se suma la presencia de herbáceas muy particulares como lo es la píjara (Woodwardia radicans), endemismo de las islas centro-occidentales de Canarias, en las cuales, se corona como el helecho de mayor tamaño. Se complementan estas especies más propias con otras más extendidas como son el laurel (Laurus azorica), el brezo (Erica arborea) o el tejo (Erica scoparia).

«Explosión de verdor» en el paisaje: portentos arbóreos y píjaras

A esto hay que añadir la riqueza faunística, especialmente en insectos y aves, de las que son simpáticos acompañantes en el Mirador los pinzones vulgares, categorizados dentro de la exclusiva subespecie que esta isla de Tenerife únicamente comparte con la de la Gomera (Fringillia coelebs ssp. canariensis) o, en menor medida, los petirrojos, los cuales, por su parte, ostentan el interés de ser identificados por una subespecie endémica particular del paisaje tinerfeño (Erithacus rubecola ssp. superbus). Algo menos interesados en los visitantes, pero igualmente distinguidos tanto por su jubilosa melodía como por el reconocible “esmoquin” de colores que forman sus plumas moviéndose alegremente entre el denso follaje, también son frecuentes los pequeños herrerillos canarios –o herrerillos africanos-, quienes se presentan como una especie autóctona coincidente entre Canarias y el norte de África (Cyanistes teneriffae), y se singularizan en una subespecie única para las islas de Tenerife y la Gomera (C. teneriffae ssp. teneriffae). Ya bastante más reservadas y esquivas, pero con igual responsabilidad en complementar la belleza del lugar, e incluso, más representativas de la peculiar biodiversidad del entorno, se encuentran las palomas rabiche (Columba junoniae) y turqué (Columba bollii), simbolismos exclusivos de las islas canario-occidentales(*).

Petirrojo (Erithacus rubecola ssp. superbus) reposando sobre una rama de faya (Miryca faya)
Macho de pinzón vulgar (Fringillia coelebs ssp. canariensis) oteando curioso a los senderistas

La enorme densidad de dosel vegetal existente llega a opacar la percepción del ambiente colindante, lo suficiente como para impedir vislumbrar lo que acontece a tan sólo unas decenas de metros, y es este entorno envolvente la “materia prima” que construye una confortable-embelesante-mágica sensación de aislamiento. Esta línea, de tendencia mantenida con homogeneidad en la mayor parte del sendero, se quiebra armoniosamente a la altura de “Cabezo del Tejo”, momento en el cual el camino se despeja para exhibir exultante toda una amplia panorámica extraordinaria, imponente, en sumo fastuosa. Se ofrece entonces una posición privilegiada y álgida desde donde la mirada se exhorta contemplando la extensión del mar, el cual lleva “ornamentos” en puntos concretos que interrumpen la continuidad de su amplitud azulada, con la emersión de un conjunto de preciosos salientes de terreno: los Roques de Anaga. A su vez, se reconoce, imponente desde este enclave, la belleza de la dorsal NE de Tenerife, que se erige prodigiosa con los tonos verdes ininterrumpidos propios de una naturaleza vigorosa, prolífica. Esta dorsal también se encuentra coronada por varios roques (como vestigios que han quedado de la etapa de formación de la isla, “columnas” de basalto talladas a partir de una intrusión magmática y “puestas al descubierto” tras procesos erosivos del terreno circundante). De entre estos roques, “presume” majestuoso el conocido “Roque de Anambro”, un portentoso monumento natural de belleza inconmensurable, y en torno a cuya imagen de solemnidad se ha elaborado una leyenda que lo afama especialmente: se narra que el Mencey de Anaga, de nombre Benahoro, huyendo de los conquistadores, se lanzó desde lo alto de este roque, cayendo sobre un acebiño y derramando sangre sobre sus ramas, lo que le atribuye el color rojo a los frutos del árbol.   

Panorámica embaucadora del océano y de los Roques de Anaga
Imagen de la majestuosa figura monolítica del Roque de Anambro

Así, pues, voy rememorando momentos entrañables, y cual fotografías increíblemente pixeladas del paisaje, en mi mente se secuencian imágenes de nitidez insuperable, las cuales reconstruyen fielmente la naturaleza impoluta del Monteverde húmedo de Chamorga. Y en esta riña “perenne”, inquebrantable entre los contendientes mente y corazón (lógica y necesidad espiritual), me contengo, y me llego a contemplar embelesada por los recuerdos, con un “resurgir” espontáneo de sensaciones, “abrazando” a la certeza de que volveré muy pronto a visitar este templo virtuoso de laurisilva.

Ana Melisa Díaz Sánchez.

(Fecha de creación: 28 de abril de 2020)

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(*) La información referente a la nomenclatura científica de especies y subespecies concretas de aves para cada región en particular se han obtenido a partir de la la publicación IOC World Bird List correspondiente a la actualización de datos del año 2020.

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