Odontocetos: obsequios del encanto faunístico de las aguas canarias

Odontocetos: obsequios del encanto faunístico de las aguas canarias

Mamíferos acuáticos espectaculares
conforman un grupo de portentosos animales
que, siendo ampliamente conocidos como «cetáceos»
enaltecen la biodiversidad marina en encanto.
Son además indicadores excelentes y magistrales
de la calidad del agua y de la salud
de los ecosistemas que albergan los mares.

Es de reseñar que son identificativos
de estos esculturales mamíferos,
propios de su condición natural e innata,
el ostento de uno ó dos orificios
que, como un perfecto esbozo,
sus majestuosas cabezas engalanan.

Tales oquedades craneales
como «espiráculos» son conocidas
y su presencia en estos animales es vital,
pues, cual ostíolos presentes en el agujereado
cuerpo de esponjas de mar,
su función es la de fosas nasales,
desalojando agua de los pulmones,
reponiendo el oxígeno que captan del aire,
una vez han emergido
de la profundidad de los mares.

Son muchos de los cetáceos
de frecuente presencia
en cálidas regiones del Atlántico,
donde su abundancia evidencia
la riqueza de este entorno oceánico,
engalanado de grandiosas maravillas,
pues tal es éste el caso.

Sin ir más lejos, en cuanto a cetáceos,
son las aguas subtropicales
que circundan el Archipiélago canario
buena muestra de referentes enclaves;
ostentan un auténtico santuario
para el estudio y seguimiento
de algunos de estos hermosos animales.

Tres de la multitud de odontocetos,
así han sido definidos
los que son cetáceos dentados,
tienen en Canarias la posibilidad de ser avistados
durante todo el año.
Se trata del delfín mular,
del cachalote y del calderón tropical.

Privilegio y extasiante maravilla
es el poder disfrutar
tanto del delfín mular
como del calderón tropical,
pues son residentes en las islas
con una zona de influencia preferencial,
mientras el majestuoso cachalote
no tiene por el archipiélago
una frecuencia de paso lineal,
aunque más habitual es de ver
a este imponente pero apacible
gigante en la época primaveral.

Imagen alborozada e inteligencia sublime
definen al enérgico y sociable delfín mular,
muestra una expresión dulce
y de tierno encanto
en el conjunto de su faz.

Exhibe un hocico pronunciado
que se remata sutilmente
en un perfil ovalado.
Por eso, tradicionalmente,
«nariz de botella» ha sido llamado.
Y su figura, de un gris centelleante,
reluce cual escultura argentada.

El calderón tropical, un apacible delfínido
que forma estrechos vínculos afectivos,
ser social, familiar,
y con una sensibilidad especial,
es algo menos enérgico que el delfín mular;
con una robustez más aparente,
duplica su largo, pero no es de extrañar
ver a ambos aparentemente interactuar.

Vanagloriado de expresión risueña y afable,
y con índole asaz jubilosa,
su simpática configuración facial
le otorga una apariencia armoniosa
de belleza delicada y ejemplar.

Tal y como si de un particular
órgano bulboso se tratara,
la cabeza del calderón
constituye y evoca la forma de un «melón»,
con una frente gruesa, globosa, abombada.

Su rostro está provisto
de un hocico casi ausente, romo;
y su figura, perfilada y lustrosa,
recuerda a una preciosa hematite,
de una tonalidad gris oscura suntuosa,
aunque sutilmente se tiende a degradar
con la disposición, en su zona ventral,
de amplias áreas más albadas.

Rasgo también identificativo y que le otorga
a éste, «el tropical», su esencia particular
respecto a su semejante, «calderón común»,
es el acortamiento de sus aletas pectorales,
que le han merecido, otrora,
la personal y sugerente designación
de «calderón de aleta corta».

Parte de la bella naturaleza obnubiladora
del calderón es, del mismo modo,
el espectacular remate de su lomo,
que hace buenos alardes de singularidad
en el esculpido y la inserción
de su aleta dorsal,
pues dispuesta en su primer tercio corporal,
con una característica forma curvada,
ha sido meticulosamente tallada.

El cachalote es un odontoceto
cuya envergadura bien podría triplicar
a la del calderón tropical;
su longitud es la más aparente y excelsa,
se trata del mamífero conocido
que exhibe mayor cerebro del planeta.

Gigante pacífico de carácter bonachón,
de su perfil, es su imponente constitución
de un ineludible atractivo que absorta,
obnubila los pensamientos del oteador,
que no cesa de maravillarse
al contemplar a este portentoso animal,
su belleza sublime, su talante elegante.

Su inmensa y majestuosa cabeza
ocupa hasta más de un tercio en la
eminente extensión de su silueta.
Presume pulcro delineado cuadrangular,
con una voluminosa pero enromada faz;
se distingue imperante a lo lejos
cual precioso arcón de acero.

Su cuerpo, de un refulgente y magnífico
contorno gris oscurecido,
se remata en un estriado tercio final,
provisto de exuberantes protuberancias
que se alinean en configuración secuencial
y que encumbran y realzan
la culminación de su perfecto trazo dorsal.

Son, pues, los descritos delfín mular,
cachalote y calderón tropical,
tres de los frecuentes odontocetos
de cálidas regiones del Atlántico,
pudiendo ser habitualmente avistados
en las aguas subtropicales
que circundan el Archipiélago canario.

Únicas son, por tanto, en
biodiversidad marina estas bellas islas,
que, en la inmediata periferia que las irriga,
también ostentan, cual santuario paradisíaco,
y adentradas las entrañas de su Océano,
fructuoso vergel de vida.

Es tal la albergada riqueza orgánica marina
que, en la zona, la frecuente presencia
de estos cetáceos, responde a la disposición ingente,
para su sustento y desarrollo,
de auténticas fuentes de nutrientes.

Así, la alimentación de los delfines mulares
es, de preferencia, piscícola, especialmente,
hacia el pescado azul orientada,
de cuyo contenido son profusas estas aguas,
en las que el establecimiento
de delfines no es extraño,
pues abundantes son en caballas,
arenques, sardinas y chicharros.

Mientras que los calderones tropicales
y los cachalotes tienen más adaptadas
sus anatomías perfeccionadas
a poder en mayor profundidad navegar,
con una predilección nutritiva
por los cefalópodos como el calamar.

Grupo de mamíferos acuáticos espectaculares
son los que conforman estos portentosos animales
que, ampliamente conocidos como «cetáceos»,
enaltecen la biodiversidad marina en encanto.
Catalogados son como especies vulnerables;
abastecidos de actitudes vanidosas deleznables,
obra es de su cruel sometimiento por humanos.
Tal es el caso del castigado delfín mular,
forzado en hostigadores ambientes mundanos,
exhibirlo en espectáculos públicos es un habitual.

O de la injusta cacería del calderón tropical,
de la que algunos países, como Japón, hacen alardes,
por el sórdido capricho del
innecesario consumo de su carne.

No menos atroz es la barbarie
inmersa en el explícito destino,
desgarrador, en sumo deplorable,
al que el cachalote ha sido sentenciado,
pues, tenazmente perseguido e importunado,
sin desazón alguno ni pesar,
y cazado en el único afán
de un lucrativo negocio liderar,
el aceite de su cabeza, líquido de espermaceti,
el humano ha ambicionado aprovechar,
en variopintos usufructos inexcusables
como son los de industrias cosméticas imperantes,
o los de fabricación de lámparas y lubricantes.

A todo esto, es buen menester entender
que la protección de los cetáceos debería
ser responsabilidad, compromiso absoluto de la humanidad,
y no sólo impelida por la lógica
de los sentimientos de empatía
o por la ética del trato de ecuanimidad,
sino que también se debiera sustentar
por la sensatez de una consciencia omnímoda
respecto a que estos bellos dignatarios del mar
ostentan en el medio un papel
en sumo fundamental.

Forman, pues, cadenas tróficas cerradas,
regenerando la necesaria materia orgánica,
de la que los productores primarios dependen,
y que da al ciclo la posibilidad
de, una vez más, volver a comenzar.

Y es que, como mamíferos acuáticos espectaculares,
se encumbran estos portentosos animales,
ampliamente conocidos como «cetáceos»,
que, siendo venerados como indicadores magistrales
de la calidad del agua y de la salud
de los ecosistemas que albergan los mares,
enaltecen la biodiversidad marina en encanto.

Ana Melisa Díaz Sánchez.

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